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Despertar


Capítulo 1


Estaba muerta, eso lo sabía. La había visto un día antes delante de mis ojos, viva. Ahora tenía su cuerpo frente a mí, metido en el ataúd, completamente inmóvil. Solo se podía ver su pálida y hermosa cara en aquel tétrico y lujoso lugar. 

Estábamos en su casa, todos habían venido. Nadie se podía creer que Natalie Tiaré hubiera muerto, ni siquiera yo podía. La observé unos minutos más antes de posar mis cálidos labios sobre los suyos, fríos, sin vida. Me dirigí a pocos metros de donde se encontraba su madre, Caterina, con algunas de sus amigas. Tenía ojeras de no haber podido dormir y los ojos y nariz rojos e hinchados por las lágrimas caídas. Me dispuse a escuchar:

-Era tan joven... -comentó una de las amigas de Caterina mientras se enjugaba una lágrima.

-Lo sé -dijo Caterina secándose las lágrimas. Se dio la vuelta y desapareció por la puerta que tenía detrás, llorando desconsoladamente.

-Todo esto es muy difícil para todos, sobre todo para la familia de Natalie y para Marcus. Tienen que estar pasándolo realmente mal... -noté la mirada de aquellas mujeres en mi nuca, pero no me giré. Fijé la mirada en la ventana, a lo lejos. 

Me di cuenta de cuánta razón tenían, qué tonto había sido de no darme cuenta de ello hasta que Natalie murió. La quería, ¿por qué no se lo había dicho nunca? Me limitaba a ser su mejor amigo, como un idiota.

-Dicen que ese animal le ha mordido -comentó otra mujer de rasgos afilados- en el cuello, las piernas y las muñecas.

-¿Qué clase de animal hace eso? -Preguntó otra de las mujeres, con cara de espanto.

«Eso nos preguntamos todos» pensé.

-Pues no lo sé, pero no le ha dejado apenas tiempo de reaccionar, no hay signos de lucha -hubiera apostado cualquier cosa a que la persona que hablaba era la mujer del forense. Giré la cabeza ligeramente, para oír mejor.

-Qué extraño, ¿todo esto lo sabe Caterina?

-No, no tiene ni idea, y no creo que esté en condición de saberlo. Van a hacer una redada por todo el pueblo e incluso a quince kilómetros a la redonda, lo ha ordenado el Sheriff.

-¿Tan grave es todo esto? -Inquirió la mujer con acentuadas arrugas de pánico.

-Creen que se está volviendo a repetir, ya sabéis, lo sucedido hace años -Susurró la mujer de al lado.

-Tenemos que decírselo a Caterina entonces, le va a interesar saber que su hija...

-No creo que sea un tema adecuado para hablarlo aquí -interrumpió el médico forense, que acababa de entrar por la puerta-. Dejadlo para otro momento mejor...

Tosió inclinando la cabeza en mi dirección y todas me miraron con cara de pocos amigos. Sin darme cuenta había girado la cabeza y el cuerpo completamente, y las miraba expectante. No podía dar crédito a lo que había escuchado, ¿qué era eso de que se podía estar volviendo a repetir?

Me dirigí de nuevo al ataúd, ignorando las miradas de reproche de las mujeres. Quería volver a admirar la belleza de Natalie una vez más antes de irme y averiguar qué pasaba. Me detuve a su lado, observándola con gran pesar, las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Entonces, Natalie levantó la mano, haciendo el gesto que solo ella y yo conocíamos y abrió los ojos, lo que me hizo soltar un grito de alarma y saltar hacia atrás. Todos miraron en mi dirección, la mayoría gritaron horrorizados, otros se llevaron la mano a la boca y abrieron mucho los ojos y el resto se limitó a permanecer a una distancia prudencial, boquiabiertos.

Me alejé del ataúd hacia atrás con paso lento y ella se levantó. Los moratones, los restos de sangre seca y cicatrices allí donde había atacado el animal resaltaban en su marmórea tez. Se puso a mi lado -yo estaba paralizado-, me sonrió y me besó en los labios que seguía teniendo fríos como el hielo. Después desapareció por la ventana que estaba a mis espaldas, por la que hacía unos minutos había mirado yo.

MARINA 

La última llamada





Él móvil comenzó a sonar con aquella siniestra melodía que tanto me gustaba, esperé unos segundos antes de descolgar sin necesidad de mirar quién era, lo sabía perfectamente. Aún así miré la pantalla y vi el número oculto. Me acerqué el móvil a la oreja, vacilante, y escuché su voz antes de que el maldito aparato reposara sobre mi cara, lo que me confirmó que era él.

-¿Estabas soñando, bella durmiente?

-No.

-Tan simpática y agradable como siempre, Amy, ¿No puedes dejar de odiarme sin más?

-Buenos días Zack, ¿Has dormido bien? A lo mejor no te ha dejado descansar la conciencia torturándote por lo que me hiciste, ¿Me equivoco? -Dije con tono de burla, me arrepentí nada más terminar de decirlo.

-He dormido perfectamente. Solo te equivocas en lo de no poder descansar, el resto es cierto, lo siento tanto...

-¿Te digo el nombre? -cambié de tema rápido, demasiado rápido diría yo, no quería hablar con él de aquello.

-Un nombre, una muerte.

-¿Qué precio debo pagar? Voy ahora a por el dinero a...

-No quiero tu dinero Amy -me interrumpió- contigo será diferente.

-¿Y qué quieres?

-A cambió de matar a esa persona, tú tienes que venir un año conmigo, lejos de aquí.

-¿Estás loco? Dime cuanto dinero es... -dije molesta.

-Si tantas ganas tienes de ver a esa persona muerta no creo que haya inconveniente, sé que no me llamarías si no fuera necesario, ¿verdad? -pude notar su sonrisa al otro lado del teléfono.

-Me apuesto lo que sea a que no te es suficiente con tenerme un año.

-En efecto, durante esa estancia en mi casa, nadie puede saber que te has ido, ni a dónde y ni mucho menos por qué.

-¿Esto no es un secuestro? -Inquirí.

-Tu propio secuestro.

-Contigo una tortura -seguro que esto había hecho sonreír a Zack.

-Qué rencorosa... tienes que aprender a perdonar...

-Rebecca -volví a cambiar de tema.

-¿Ese es tu nombre? ¿Quieres que sea Rebecca?

-Sí -respiré hondo-. No hagas preguntas.

-No iba a hacerlas, tengo entendido que no te gusta que se metan en tus asuntos -Odiaba amar que me conociera tan bien- A las ocho en el aeropuerto mañana.

-No exagerabas al decir que íbamos lejos...

-Vamos a mi casa -aquello me descolocó- ¿te acuerdas de ella?

-Sí -claro que me acordaba-. Nos vemos mañana.

-Sabes que te echo de menos...

-Vete al infierno -Espeté.

Colgué el teléfono molesta y miré a través de la ventana que había a mi izquierda, justo antes de escuchar el último pitido que indicaba que la llamada había finalizado. Un nombre, una muerte.

MARINA 

La actuación



 La belleza de la bailarina me deslumbró en cuanto salió al escenario. Su cabello eran suaves olas marrones que caían en cascada hasta su estrecha cintura, sus profundos ojos negros parecían atravesar el alma de la persona a la que miraba y sus carnosos labios escarlata tentaban a cualquier hombre.

Eva comenzó su danza, lenta y sensual, parecía deslizarse por el escenario. Su vestido blanco se arremolinaba libre alrededor de su cuerpo perfecto, sus zapatillas de ballet se movían sin cesar por todo el escenario, sin esfuerzo. La joven parecía un ángel siempre que bailaba, embelesando al público que casi podría estar en trance.

Un hombre apareció en el escenario, era un bailarín. El público comenzó a murmurar y Eva parecía desconcentrada, pero siguió bailando. El hombre la agarró por la cintura y tiró de ella, con un movimiento rápido Eva se zafó de él y continuó su danza.

El hombre parecía tratar de arrastrar a Eva hacia los puntos de luz iluminados por los focos en una misteriosa, siniestra y a la vez hermosa danza con paso firme. 

Todo pasó rápido, Eva hizo un giro sobre la punta de su pie derecho con ambas manos a una altura casi milimetrada por encima de su cabeza. El hombre la elevó, colocándola muy cerca del punto de luz más próximo, así que con solo un gesto de la mano de él, ella se expuso a la luz mostrando su cambio repentino: Su cabello castaño oscuro se había sustituido por una brillante cabellera dorada. Eva miró al público y todos los presentes vimos sus ojos azules como el cielo en una calurosa tarde de verano. Me pareció ver al hombre sonreír al tiempo que una ovación recorrió el público y la música cesó.

El hombre hizo una reverencia, ella se quedó quieta estando aún sobre las puntas de los dedos de sus pies unos segundos, seguidamente hizo una elegante reverencia también y desapareció en el telón, que se cerró lentamente.

Vacilantes aplausos resonaron en la estancia, el público se miraba entre sí, buscando una respuesta a las expresiones que se dibujaban en sus rostros. Me giré en mi asiento para mirar hacia las butacas superiores, que comenzaban a vaciarse. A mi lado, mi padre hablaba con Annie, quién se levantó y miró en mi dirección arqueando ambas cejas, sonreí y los tres salimos al exterior del Gran Teatro por los concurridos pasillos adornados con alfombras escarlata y arañas de cristal.

Afuera, la gente comentaba el extraño y brusco final de la actuación de Eva Pearson, acompañando los comentarios con gestos para subrayar su desconcierto.

-¿También vosotros habéis visto sus ojos y su cabello? -Inquirí a mi padre y a Annie mientras caminábamos lentamente por la avenida.

-Tiene un color de pelo castaño precioso -opinó Annie- y esos ojos negros son magníficos.

-Sí... es increíble como le han cambiado tanto por el efecto de los focos, en mi vida había visto algo igual -comenté. En los rostros de mi padre y Annie se dibujó una expresión de sorpresa- ¿Rubia? ¿Ojos azules?

Los dos continuaron mirándome de esa manera de tal forma que parecía que estaban sopesando las ideas de que o yo estuviera loco, o que estuviera bromeando. Al ver que no me reía, mi padre volvió a hablar.

-No sé de qué hablas. Estaba igual tanto al empezar el baile, como al acabarlo... -antes de que pudiera protestar, alguien se chocó contra mí al pasar por mi lado, el hombre se disculpó y siguió andando con paso acelerado.

Me giré hacia él. En seguida reconocí aquella fría mirada. Era el hombre que había bailado con Eva Pearson.

Grupos


Capítulo 5

Bajé corriendo la escalinata de mármol y torcí a la derecha, entré en el gran comedor. La estancia estaba presidida por una gran mesa de caoba con una fina lámina de cristal encima de su superficie, veinte sillas estaban dispuestas a su alrededor, tapizadas con terciopelo escarlata. Las paredes estaban revestidas con un cerco de madera oscura que decoraba la mitad inferior, dorados candelabros con velas escarlata y una araña de cristal iluminaban la estancia. Al fondo, las llamas crepitaban en el interior de una gran chimenea de mármol blanco, caldeando ligeramente la gran estancia. 

Tomé asiento en una de las sillas más cercanas al fuego, el día se había despertado frío y nublado y estaba helada a pesar de las tres capas de ropa que me había enfundado. Sentados a la mesa, tan sólo estábamos Marie, la chica con el oído más fino y la más sigilosa de toda la mansión, Leandro, el chico más fornido y bruto que había visto jamás, Carrie, la joven más inteligente con un coeficiente intelectual que escapaba a la comprensión de los científicos, y yo, la chica que cambiaba de apariencia a su antojo. Los cuatro permanecimos en silencio mirando los platos vacíos que teníamos frente a nosotros hasta que los demás fueron llegando.

Primero, el grupito de deportistas. El grupo estaba formado por tres chicos, fuertes, egocéntricos y atléticos, y una chica, Lara. Esta última era la típica jefa de animadoras de instituto con minifalfa y top, y una melena rubia deslumbrante. Los deportistas se sentaron en la parte central de la mesa y comenzaron una animada conversación sobre darle una paliza a alguien. 

El segundo grupo que entró en el salón fueron los del grupo de lectura, tres chicas y dos chicos. Los cinco se pasaban el día en la siniestra biblioteca de la tercera planta leyendo, jugando al ajedrez y haciendo estrategias ingeniosas para las misiones de los deportistas, que no les hacían bromas de mal gusto a cambio de ellas. Se sentaron en la zona más alejada del fuego, junto a la puerta, y permanecieron en silencio. 

Por último, entraron Lauren, Manuel y Aaron, mi grupo entre comillas. La primera tenía el práctico poder de mover los objetos inanimados con la mente, aunque aún tenía que perfeccionarlo ya que la última vez que lo utilizó un candelabro le cayó a Leandro en la cabeza, lo que no le hizo mucha gracia. Manuel era la mano derecha del Instructor, nos informaba de las misiones, repartía la información de nuestras correspondientes víctimas y le llevaba al Instructor cafés a su despacho en la última planta, por lo que subía las escaleras incontables veces al cabo del día. Aaron se sentó a mi lado, y Lauren y Manuel enfrente de nosotros. El Instructor entró con paso firme en la estancia escasos instantes después, con su habitual apergaminada y grasienta cara, y una mueca de disgusto. Se sentó en el mismísimo centro de la alargada mesa y dio dos fuertes palmadas que resonaron en toda la estancia. La puerta de servicio que había en la pared de enfrente del Instructor se abrió, camareros pulcramente trajeados salieron con sendas bandejas en las manos y fueron sirviendo a los comensales la abundante comida que se había preparado en las cocinas. 

Minutos después, Manuel se levantó y mostró unos papeles que sostenía con ambas manos. Miró al variopinto grupo que conformábamos y tragó saliva ruidosamente, miró al Instructor, que seguía comiendo ferozmente un muslo enorme de pollo, sin mirarle. 

-Bien, eh... -Tartamudeó Manuel- Estas son nuevas misiones para algunos de vosotros. El señor Instructor considera que algunos no os habéis comportado correctamente con respecto a vuestra actual misión, por lo que se os asignará otra acorde con vuestras...habilidades. 

Manuel recorrió la mesa repartiendo las misiones, se paró a mi lado y me entregó un par de hojas. Las miré con el ceño fruncido y con una mezcla de decepción y vergüenza. Rachel era el nombre de mi nueva víctima. Suspiré y comencé a leer la información sobre la chica, pero una voz sobresalió del revuelo que habían formado mis compañeros.

-¿Ángela? 

Levanté la vista bruscamente. Leandro miraba con expresión divertida y triunfante al Instructor, una cruel y despiadada sonrisa se dibujaba en su anguloso rostro. El nombre de mi anterior víctima resaltaba en negrita en la página que sostenía en sus manos.



SARA  

Ángela



Capítulo 4



No sabía cuanto tiempo llevaba sentada en aquella butaca, había perdido la noción del tiempo. A través de la ventana de la habitación podía ver las grisáceas nubes que poblaban el cielo, un trueno sonó en la distancia. Me levanté de la cama de un salto y me quité la ropa, entré en el baño y me di una ducha de agua caliente. 

Media hora después, me miraba en el empañado espejo del baño. Mis ojos ahora eran de un rojo intenso, parpadeé y se volvieron negros, parpadeé de nuevo y adoptaron un marrón claro precioso. Sonreí. Aún no me acostumbraba a mi capacidad de cambiar de aspecto físico. Me enfundé unos baqueros desgastados, un jersey blanco de lana y unas botas de montaña. Peiné como pude mi rebelde cabello, pero finalmente me rendí y lo cambié de forma con la mente. Una larga melena negra con pequeñas hondas sustituyó a mi habitual revoltijo de cabellos.

Salí sigilosamente al pasillo de la planta superior de la mansión, eran las cinco de la mañana del jueves, por lo que todos estaban durmiendo aún. Debía darme prisa por salir, ya que el Instructor se levantaba a las seis en punto. Caminé de puntillas por el entramado de pasillos hasta la planta baja y salí al exterior. Una ráfaga de aire frío azotó mi rostro y sacudió mi cabello, me dirigí al bosque.

Rodeé la linde del bosque por espacio de una hora hasta llegar a un descampado. En él había diferentes arbustos y el suelo estaba repleto de coloridas flores mecidas por la brisa. Tras recorrer con la mirada el lugar, me dirigí hacia la chica que se sentaba en una roca plana unos metros más allá. Me senté junto a ella, se giró hacia mí y me sonrió.

-Pensaba que no podrías venir -Admitió.

-Yo también lo pensaba -Dije bajando la mirada.

-Tienes los ojos castaños -No era una pregunta. Parpadeé un par de veces y mis ojos adoptaron su habitual negro intenso.

Ambas permanecimos calladas unos minutos, absorbí la libertad y el aire puro que se respira únicamente en el campo. Tras haber pasado dos semanas confinada en la inhóspita habitación de la mansión, aquello me sabía a gloria.

-¿Qué eres? -Preguntó la chica de repente.

La miré alterada. Vaya, qué directa, pensé. Bajé la mirada y miré mis manos, que ya volvían a tener su habitual aspecto, me mordí el labio.

-¿Qué eres? -Repitió unos minutos después al ver que yo no contestaba.

-Soy... diferente -Contesté en un susurro. 

-¿Diferente?, ¿en qué sentido? -Soltó una risita-. Bueno, a parte de que acabas de cambiar el color de tus ojos con tan solo parpadear. 

Una silenciosa carcajada brotó de mis labios.

-¿Cómo te llamas? -Pregunté alzando la vista. La chica pareció titubear. 

-Ángela, ¿y tú?

-No creo que deba decírtelo -Dije en tono sombrío.

-¿Por qué? -Enarcó una ceja perfecta.

La miré. Era una chica realmente guapa. Su larga melena lisa rubio ceniza le llegaba hasta la cintura. Tenía el rostro en forma de corazón, de facciones muy dulces y suaves, decorado con dos ojos verde intenso y labios carnosos. Era delgada y de mediana estatura, sus manos eran pequeñas pero de dedos finos y largos. Siempre me fijaba en las manos, suspiré.

-No debo confiar en ti, y menos aún tú en mí. Corres peligro a mi lado, Ángela -Susurré. Me puse en pie suspirando-. Debo irme.

-Te espero mañana, aquí -Dijo con una sonrisa.

Su serenidad estando cerca de mí me era imposible, aún sabiendo que yo era extraña y diferente a todo lo que ella conocía, mantenía esa incomprensible tranquilidad. Me volví y comencé a caminar por la linde del bosque, cuando su voz sonó a mi espalda.

-¿Eras tú la que estaba aquella noche en el callejón? 

Recordaba aquella fría noche, intenté atraparla, pero vacilé. Jamás me perdonarían un tercer error con aquella chica, la próxima vez que la viera todo acabaría. Seguí caminando sin volverme y dejando en el aire su pregunta.


SARA  

El Instructor



Capítulo 3


-¡Estás loca! -Gritó enfurecido.

Respiré hondo y agaché la cabeza, miré mis manos todavía ennegrecidas y manchadas de sangre seca. Habían pasado varias horas desde que había salido de la clase, la chica me acompañó hasta la calle y me despidió con la mano, ajena al peligro que corría junto a mí. Ahora estaba en el recibidor de la mansión en la que todos vivíamos escondidos de la sociedad. En cuanto entré por la puerta, el Instructor me abordó con gritos y reproches, lo que provocó que mis compañeros saliesen de sus respectivas habitaciones de la planta superior a ver qué pasaba.

-¡Ella no es tu amiga! ¡Deberías haberla traído, no haber simpatizado con ella! ¡Es una mortal! -Bramó el Instructor-. ¡Respóndeme!

-Sí, señor -Susurré con voz ronca.

-¿Sí, señor?, ¿eso es todo lo que se te ocurre? -Gritó aún más enfurecido-. ¡Ve a tu habitación de inmediato y no salgas de allí hasta que te lo ordene! -Ordenó con voz en grito.

Asentí lentamente y subí a la planta superior por la majestuosa escalinata, cabizbaja. Soportando las miradas acusadoras y los cuchicheos de mis compañeros por los pasillos, entré en mi habitación y me encerré dentro con un fuerte portazo, me tendí en la cama bocabajo. Respiré hondo y me enjugué las lágrimas que se derramaban silenciosamente por mis mejillas. 

Era injusto. Aquella chica era simpática, me había prestado su ayuda y salvado de mis captores sin pedir nada a cambio y sin comprender qué estaba ocurriendo. Tan solo había sonreído y me había tendido un pañuelo. ¿Era eso normal? Jamás ninguna de mis misiones me había tratado con amabilidad, al contrario, solía hacerlo yo para atraerlos hasta mí y ganarme su confianza para que fuera más fácil la posterior captura. Pero esta vez era diferente, aquella chica de la que ni siquiera sabía el nombre parecía saber algo que las demás víctimas no sabían. Estas cavilaciones hicieron que me estremeciese con una extraña inquietud. ¿Sabría algo? No. Eso era imposible. Respiré profundamente e intenté relajarme.

Entonces, alguien tocó la puerta. Levanté la vista que tenía clavada en el suelo y la miré indecisa. Volvió a sonar un golpetear de nudillos en la madera blanca. Me levanté lentamente y abrí la puerta temerosa de que fuera el Instructor y me anunciara el castigo que seguramente me tenía preparado. En vez de eso, Aaron entró en mi habitación y se abalanzó sobre mí. Me envolvió entre sus brazos con fuerza y cerró la puerta de la habitación con una patada.

-¡Nicole! -Exclamó con un tono de voz angustioso.

Me apartó de si y me miró con el ceño fruncido y una expresión de angustia en la cara. 

-He oído los gritos. ¿Qué ha pasado? 

Suspiré. Ambos nos sentamos en mi cama y comencé a relatarle las razones del enfado del Instructor. Aaron era mi mejor amigo desde siempre. Nos ayudábamos mutuamente con las misiones, ya que a veces era difícil continuar con nuestra complicada tarea. Medía metro setenta y tres, llevaba el castaño cabello corto al igual que los demás chicos de la mansión. Tenía unos penetrantes ojos negros que parecían atravesar el alma de la persona a la que miraba y saber todo lo que esta pensaba. Su complexión era fuerte, más de lo normal entre los nuestros, esto hacía que fuera uno de los preferidos del Instructor. Sus misiones eran las más difíciles y complejas, se le encomendaban los mortales de mayor alcurnia y los más difíciles de capturar. 

Al término de mi relato, Aaron me abrazó con fuerza y enjugó mis lágrimas. Ambos sabíamos que el Instructor no tardaría en comunicar mi castigo por no haber cumplido con mi misión cuando tuve la oportunidad, sino que dejé que me ayudase en mi debilidad desobedeciendo así el código establecido por los míos. Enterré la cabeza en el hombro de Aaron y me rendí ante el sentimiento de temor y culpabilidad que crecía en mi pecho rápidamente.


SARA  

La luz verde




Capítulo 2


Me levanté de la silla lentamente aprovechando el alboroto que se había formado en la clase, parpadeé varias veces y las nubes se arremolinaron entre los cuerpos. Localicé su figura encogida en la silla y sonreí. Tal y como imaginaba, la chica era demasiado miedosa y asustadiza como para moverse de su sitio. Me dirigí a su mesa rápidamente, esquivando a los jóvenes que seguían gritando en derredor.
Mi sonrisa se esfumó de mis labios cuando una luz verdosa inundó la sala y me cegó dolorosamente. Los gritos cesaron y en su lugar un silencio sepulcral inundó el edificio. Apreté los ojos con fuerza y me agaché en el suelo, me encogí y enterré la cabeza entre mis brazos. Un grito de dolor brotó de mis labios.

Permanecí encogida varios minutos hasta que una mano se posó en mi hombro con brusquedad y arañó mi piel, lo que hizo que gritase. Una risa socarrona sonó a mi lado, procedente de la persona que me sujetaba con fuerza. Me agarró por los brazos y tiró de mí hasta ponerme de pie, mantuve los ojos cerrados fuertemente. 

-Ábrelos.

Sabía a quién pertenecía esa voz, y no me gustó mi averiguación. Era un sonido socarrón, grave y temible por los míos. Mi cuerpo temblaba bruscamente a causa de la luz verdosa que inundaba la estancia, que quemaba mi piel y anulaba todos mis sentidos. El hombre me apretó con más fuerza, gruñí.

-Podemos hacerlo por las buenas o por las malas. ¿Cómo prefieres? -Preguntó con voz burlona.

Intentaba que mi cuerpo permaneciese inmóvil para que él no notase que estaba indefensa y asustada, pero fue inútil. Mi cuerpo se agitaba incesantemente, mi piel ardía al igual que mis ojos. 

-Muy bien -Dijo enfurecido.

Me arrastró unos metros hasta la puerta de la clase, pero algo se interpuso en su camino. La luz que me anulaba se extinguió de repente, y los gritos de los jóvenes inundaron la sala de nuevo. Mi agresor se esfumó con rapidez y me dejó libre, entonces abrí los ojos.

Era ella. ¿Cómo era posible? ¿Por qué no era ella tan sólo una masa de humo blanco creada por la luz verde? ¿Cómo había apagado la luz que ninguno de los míos era capaz de extinguir? Abrí mucho los ojos y mis labios esbozaron una leve sonrisa de incredulidad. Ella parecía no dar crédito a lo que había pasado, ¡ni siquiera yo sabía qué había pasado! Pero agradecía lo que fuese que hubiera hecho, no me creí capaz de soportar la luz por más tiempo.

Me dejé caer en una de las sillas de la clase y me froté los ojos con delicadeza. Estaba exhausta y dolorida, aquella luz era insoportable. La chica se plantó delante de mí y miró mi piel ennegrecida, frunció el ceño. Miré mi piel, estaba salpicada de pequeñas manchas negras de las que brotaba sangre, nunca me había pasado tan intensamente. Tragué saliva y volví a mirarla, me tendía un pañuelo con una sonrisa en la boca. Lo cogí y limpié mis brazos y cara, mis ojos escocían dolorosamente, parpadeé.

Ella se sentó en una silla cercana a la mía y me estudió con minuciosidad. Frunció el ceño varias veces cuando vio la sangre, pero tragó saliva y me tendió otro pañuelo.



SARA  

Cambio repentino




Estaba en clase, pero no prestaba atención, en cambio, observaba a Cristine. Me solía preguntar muchas cosas acerca de su vida y cómo ésta había cambiado en un solo verano. Cada vez que le miraba y ella se daba cuenta de que lo hacía, me devolvía una mirada fría, sin apartarla ni un segundo. Esperaba a que yo la apartara, intentando hacerme creer que realmente era peligrosa.

Aún recuerdo el primer día de este curso, cuando después de tres meses de verano volví a verla. Al principio me pareció normal, llevaba un gorro que tapaba su largo cabello, aunque iba vestida demasiado oscura para su habitual, colorida y extravagante ropa. 
Fui a su lado, esperando recibir nuestro gran abrazo diario, pero en vez de eso, me miró seria. Forzó una media sonrisa y pasó de largo para reunirse con otra chica de pelo rojo fuego y labios rojo carmín. La miré atónita, pero mi sorpresa fue aún mayor cuando el profesor hizo que se quitara el gorro en el aula y vi que había sustituido su larga cabellera rubia por un corte de pelo por la barbilla y negro como el carbón.

Al principio Cristine no hablaba casi, solo cuando le preguntaban los profesores y si era estrictamente necesario. Después dejó de hablar y, las personas, de molestarse en preguntarle.

Pero aquel día fue diferente, después de la última clase, me levanté de mi sitio y fuí a su lado, los compañeros me miraban como si hubiera cometido un delito, pero les ignoré.

-¡Eh! - La llamé. Cristine giró la cara, mirándome seria- Creo que es hora de que hablemos -ella asintió.
Fuimos a un lugar apartado de las acusadoras miradas de nuestros compañeros y nos sentamos al final de la clase.

-¿No vas a decir nada? El año pasado eramos inseparables, como hermanas. ¿Todo lo que vas a hacer es mirarme y asentir? -encogió los hombros- Me parece increíble, ¿Quién era esa? La chica del pelo rojo... -me miró sin decir nada- Bueno, ya veo que no vas a cooperar, gracias por la atención -me levanté y me dirigí a la puerta del aula.

-Se llamaba Rebecca -bueno, al menos su voz seguía igual, un poco más ronca, pero igual. 
Me giré. No me podía creer que un grupo de locos hubiera cambiado a mi mejor amiga.

-¿Llamaba? -ella asintió- ¿Está muerta? -dije con tono de burla.

-Digamos que en un lugar más... apropiado para ella...
Abrí mucho los ojos y borré la sonrisa burlona de mis labios. Era enserio. 

-Supongo que no puedo saberlo... ¿Qué tal está Thomas? Hace mucho que no sé de él... -Por primera vez Cristine reaccionó, apartó la mirada y pude ver como una lágrima recorría su mejilla y, al lado de la oreja, tenía una cicatriz que le llegaba a la barbilla. Me di cuenta de que esto iba más allá de un grupo de locos- Oh dios mio, ¿Qué te ha pasado?.



MARINA

Rubíes







Prólogo

Era una noche cálida, el viento no se movía ni lo más mínimo y la luna llena brillaba en la oscura bóveda celeste poblada de pequeñas estrellas.

Caminaba por una angosta callejuela. Las farolas emitían un leve resplandor que a duras penas alumbraba lo que tenía delante de mí a tan sólo dos metros. Caminaba con paso decidido y con presteza, aquellas calles daban miedo de noche. Cuando estaba alcanzando el final del callejón, una sombra se deslizó por las paredes de piedra. Me giré bruscamente, escrutando la espesa oscuridad. Suspiré cuando vi que no había nada y seguí avanzando, tan sólo unos metros más...

Entonces, una figura apareció de la nada delante de mí. Era una chica, delgada y más bien bajita. Su cabello era negro como el carbón más puro, sus ojos eran dos rubíes que resplandecían en la oscuridad, su rostro era de facciones suaves y dulces. Sonreía. Sus dientes blancos como la nieve asomaban entre sus carnosos labios pintados de marrón. 

Mi corazón comenzó a golpetear en mi pecho violentamente. Algo me decía que debía alejarme de aquella joven que aparentemente parecía inofensiva. Entrecerré los ojos. Sí, sus ojos eran realmente rojos, muy rojos. No daba crédito. Lentamente comencé a darme la vuelta para volver por donde había venido y alejarme de la chica que aún permanecía inmóvil en el final del callejón. Sonriendo.

Comencé a subir con paso acelerado la estrecha calle, cuando un fuerte chasquido sonó en todo el callejón. La oscuridad se cernió sobre mí a la velocidad de la luz.

Capítulo 1

La profesora Mar recorría lentamente la clase mientras daba una explicación sobre... bueno, algo de lo que no estoy muy segura, no prestaba atención en ese momento. Desde mi asiento podía ver la pantalla de su móvil parpadeando bajo la mesa, tenía un nuevo mensaje. 

Ella tragó saliva con fuerza. Se revolvió en su silla y paseó la mirada por la clase, estudiando a sus compañeros. Suspiró y se recostó en la silla. Su móvil volvió a parpadear insistentemente. Se dio la vuelta bruscamente y estudió con la mirada a los jóvenes sentados al final de la clase. Clavó la mirada en mí, su expresión era una sutil advertencia. Le dirigí una media sonrisa torcida, burlona. 

Un fuerte chasquido resonó en toda la estancia. Los cristales de los ventanales que decoraban toda una pared de la clase estallaron en miles de fragmentos afilados que volaron peligrosamente hacia los alumnos. 

Gritos de sorpresa y temor inundaron la sala. Pude ver la expresión de temor en su rostro un segundo antes de que las luces del centro se apagaran y sumieran el edificio en una espesa oscuridad con un segundo chasquido. Entonces el pánico cundió en todo el edificio.

SARA  

Las gélidas aguas




Desde aquél punto del acantilado, podía respirar el fresco y salado aroma del mar. El cielo estaba encapotado bajo nubes grisáceas que le daban un aspecto tétrico y desolado al lugar. Las gotas de lluvia caían sobre mi piel lentamente, borrando la sensación de pesadez y malestar que parecía adherirse a mi piel. Me sentía aliviada de estar en un lugar donde mis lágrimas se confundían con la suave llovizna que caía de las opacas nubes que poblaban el cielo. 

Miré hacia abajo, hacia el mar. Las olas golpeaban con furia la pared del acantilado. Quizá estuvieran tristes de que el verano les dijera adiós, pensé. Yo también lo añoraba, pues su despedida significaba la vuelta a la rutina que suponen los estudios de secundaria. Ningún adolescente quiere que el verano se acabe, pero yo sentía que me faltaba el aire cada vez que pensaba en ello. La presión que oprimía mi pecho cada vez que pensaba en las humillaciones, las burlas y los murmullos me era casi insoportable en algunos momentos. Tan solo quería huir del infierno en el que convertían mi vida día a día los que decían ser mis compañeros frente a profesores y padres, pero yo sabía muy bien que no eran inocentes de la culpa de atormentarme cada día sin motivo alguno. 

El viento glacial envolvía mi cuerpo, penetrando en mis huesos y provocando que mis dientes rechinaran. De esta guisa, bajé cuidadosamente por un lateral del acantilado hacia la playa. En más de una ocasión temí caer, las pequeñas rocas sueltas que había en el camino y la tierra mojada a causa de la lluvia me hacían resbalar y perder el equilibrio. 
Ya en la playa, caminé lentamente hacia la orilla y hundí la mano en las gélidas aguas del océano. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, respiré hondo y me senté en la arena a escasos metros del agua. Observé por espacio de varios minutos la magnífica escena en la que me encontraba. Las olas rompían a pocos metros de mí, la suave llovizna acariciaba mi piel, sentía la fría y reconfortante arena bajo mi cuerpo y mis manos.
Me levanté tiritando, me quité los zapatos y los dejé en la orilla. Metí un pie en las gélidas aguas, que congelaron todo mi cuerpo bruscamente. Tragué saliva y hundí ambos pies, después, hasta las rodillas. Sentía mi cuerpo cada vez más pesado y paralizado por el frío conforme iba sumergiéndome. Cuando el agua llegaba por mi barbilla, cogí aire y sumergí la cabeza.
Bajo el agua, mi cuerpo se paralizó completamente a causa del frío. Tiritaba incesantemente y mis dientes rechinaban. El aire fue escapándose de mis pulmones poco a poco, permanecí inmóvil. Una serie de imágenes invadieron mis pensamientos. 
Yo sonriendo en la puerta de la biblioteca sosteniendo libros en mis brazos, yo corriendo a abrazar a mi amiga a la que hacía varios meses que no veía, yo cantando en el karaoke el día de Navidad con un sombrero de Papá Noel en la cabeza. Una amarga sensación de tristeza y melancolía se apoderó de mí.

El aire en mis pulmones era casi inexistente ahora, los sentía arder en mi pecho, buscando oxígeno. Aguanté todo lo que pude, pero finalmente el agua inundó rápidamente mis pulmones. La vista se me nubló, mi cuerpo dejó de flotar y se hundió en las oscuras aguas de aquella fría noche de Septiembre. 




SARA   

La bola de cristal



Días antes, había escuchado a un grupo de estudiantes hablar sobre ése lugar. Inmediatamente, su atención se concentró plenamente en la conversación que mantenían los jóvenes estudiantes en un lugar apartado del campus. El tema que habían sacado a colación era el de un establecimiento embrujado, poseído por fuerzas malignas que se escapaban a la razón y en el que se practicaba la magia negra.

Ahora, Natalia bajaba la avenida que recorría la columna vertebral de la ciudad, guiada por su insaciable curiosidad que la caracterizaba. Se adentró en un laberinto de callejuelas que formaban las vértebras de la ciudad, en las que nunca antes había estado. El callejón en el que se encontraba el establecimiento estaba pobremente iluminado, flanqueado por una serie de casas abandonadas y un estudio de tatuajes cuyo escaparate presentaba dibujos de diversos tatuajes cubiertos por una capa de mugre que atenuaba los vivos colores de los dibujos que exponía. 

La puerta era pequeña y redonda, un adulto de estatura media no podría pasar por allí sin agacharse, por suerte Natalia era una adolescente que no destacaba por su altura, sino por su brillante melena negra y sus profundos ojos grises. 
La joven empujó la puerta de madera antigua. No cedió a la primera, por lo que tuvo que empujar con más fuerza. La puerta se abrió lentamente, las bisagras crujieron ruidosamente, casi parecía que la puerta se iba a salir de sus goznes en cualquier momento. Natalia tragó saliva ruidosamente y se adentró en la oscuridad que envolvía la estancia.
En el interior, la joven pudo contemplar todo tipo de bolas de cristal en las filas y filas de estanterías que llenaban la mayor parte de la estancia, formando siniestros pasillos. A través de la oscuridad, la joven vio un viejo escritorio de madera oscura con hierbas que desprendían un olor extraño y más bolas de cristal en cuyo interior se podía apreciar una leve neblina morada.
Natalia avanzó lentamente hacia el escritorio, mirando a su alrededor constantemente. Divisó la misma neblina de diferentes colores en muchas de las bolas de cristal que descansaban en las estanterías. Un ruido hizo que la joven se detuviera bruscamente y se quedara clavada en el lugar en el que estaba, miró hacia el escritorio. A través de la espesura de la oscuridad, pudo ver la silueta de una mujer aproximándose hacia ella lentamente. Una bola de cristal descansaba en sus manos, su neblina era de color gris oscuro y desprendía un esplendor blanco, la única luz de toda la estancia. 
Una oleada de temor recorrió el cuerpo de Natalia, provocando que se le erizaran los pelos de la nuca. 
La anciana se detuvo a escasos metros de la joven, que seguía paralizada. Su cabello presentaba un extraño color gris, decorado con un pañuelo negro del que colgaban diversos abalorios. Su ropa estaba hecha jirones y era muy anticuada, pero la expresión de la mujer fue lo que paralizó a Natalia.
Sus ojos eran dos pozos negros sin fondo, su nariz era alargada y puntiaguda y sus labios eran una fina línea coloreada de marrón. La anciana abrió la boca.

-No deberías haber venido -dijo con voz queda-. Una vez la magia te ha localizado, no puedes escapar de ella -La bola que sostenía en sus apergaminadas manos resplandeció con más intensidad-. Te perseguirá hasta los confines de la tierra hasta encerrar tu alma en una de sus bolas, así permanecerás ligada a la magia negra por el resto de tu existencia.

Natalia abrió mucho los ojos e intentó gritar, pero ningún sonido salió de sus labios, tan solo un leve graznido. Tragó saliva y corrió hasta la puerta del establecimiento, que cedió fácilmente. Corrió por el callejón lo más rápido que sus piernas le permitieron y salió al laberinto de callejuelas por el que había llegado. Miró a izquierda y derecha, tratando de recordar el camino que la había llevado hasta allí, pero entonces se oyó un estruendo a sus espaldas. Miró hacia atrás y abrió mucho los ojos. Una espesa masa gris casi corpórea se dirigía a una velocidad inimaginable hacia ella. Natalia corrió por la callejuela más próxima desesperadamente, pero la masa gris se cernió sobre ella en pocos instantes, la joven desapareció en el interior del corazón de la nube de polvo gris. 
Cuando la tiniebla se disipó, lo único que quedó fue una bola de cristal en cuyo interior resplandecía una leve neblina morada.


SARA   


El libro



"Una tormenta descargaba toda su furia sobre la ciudad aquella noche de abril. Las calles estaban desiertas, las luces de los coches se confundían con la espesa niebla que se cernía sobre la colina, en la que estaba situada la casa de la familia Asfrot. La hija menor de los Asfrot miraba por la ventana de su dormitorio, en la parte más alta de la casa. Intentaba no asustarse de las tormentas que con frecuencia caían sobre la colina, pero Marcie no lo conseguía. Corrió la cortina de la ventaba por la que estaba mirando y se metió en la cama de un salto, arropándose con la manta hasta la barbilla.
Recorrió la habitación con la mirada, asegurándose de que estaba sola en la estancia. Cogió el libro que tenía sobre la mesilla y comenzó a leer por donde lo había dejado. 

«De repente, un sonido despertó a la mujer, que dio un respingo y miró en derredor» -Leyó Marcie.

Un trueno resonó en la habitación de la niña, haciéndole temblar del miedo. Tragó saliva y volvió a su lectura, intentado evadirse de los estruendos que la tormenta producía.

«La mujer se levantó de su cama y caminó por el angosto pasillo de la planta de arriba de la casa, que estaba sumida en la oscuridad y en un silencio escalofriante...»

Un ruido llegó a los oídos de la niña. Provenía del pasillo de la planta en la que se encontraba su habitación. Se levantó de la cama y caminó por el oscuro pasillo, aún con el libro en la mano. Miró a su alrededor y se sentó en las escaleras que daban al piso de abajo.

«Bajó las escaleras lentamente, con los cinco sentidos alerta, escuchando cada leve sonido, mirando de reojo a las sombras que parecían moverse entorno a ella...»

La niña se levantó y bajó las escaleras, con el miedo metido en el cuerpo. Entonces, un sonido de un cristal rompiéndose se oyó en la planta inferior. Marcie se detuvo bruscamente, miró hacia abajo, al piso inferior, a través de las lágrimas que se agolpaban en sus ojos. Tragó saliva ruidosamente y prosiguió bajando las escaleras mientras leía.

«Un sonido de un cristal rompiéndose sonó en la planta baja cuando la mujer llegó al pie de la escalinata por la que acababa de descender. Un aire gélido la envolvió, la puerta principal de la casa estaba abierta de par en par, y el cristal de la ventana a su lado estaba resquebrajado.»

Marcie llegó al pie de la escalera y se detuvo, a su lado el suelo estaba lleno de cristales procedentes de una de las ventanas que había al lado de la puerta principal, que ahora estaba abierta de par en par. La niña no daba crédito a lo que sus ojos veían, ¿estaría soñando? Era imposible que le estuviera sucediendo lo mismo que a la mujer del libro que sostenía en sus manos. Su madre le había dicho que tan solo era una historia de miedo, no era real. Intentó pensar con claridad y convencerse de que todo aquello era a causa de la tormenta y del viento que azotaba la colina. Entonces unas manos enguantadas agarraron a la niña por la espalda y la arrastraron hacia el exterior de la casa, bajo la intensa lluvia. El desconocido y la niña se fundieron con las sombras y la niebla, y en tan solo unos instantes desaparecieron en la espesura..."

Los presentes tenían todo tipo de expresiones dibujadas en el rostro. Unos de miedo, otros de admiración hacia Ángela, la joven que se alzaba en el escenario. Al término de los relatos, los jóvenes se pusieron en fila.

-El primer premio de este año de relato improvisado es para... -dijo un hombre bajito y rechoncho a través del micrófono- ¡Ángela!





SARA   


El baile




"Me levanté de la silla, cambié mis zapatillas de andar por casa por las de deporte, me coloqué la coleta. Frente al espejo de mi habitación añadí rimel a mis pestañas y brillo a mis labios. 
Salí por la puerta, estaba impaciente por ir al primer ensayo de baile. En apenas diez minutos, entré por la puerta principal de la clase sonriente, no conocía a nadie. Todos fueron muy simpáticos y amables conmigo. 

Llevábamos la mitad de la clase cuando el profesor mandó formar parejas de chicos y chicas. Alguien interrumpió la clase abriendo la puerta:

-Lo siento, se me ha hecho tarde -Se excusó.

-Más de media hora -miró el reloj-. Que no se vuelva a repetir -dijo el coreógrafo con su fuerte acento francés, el chico que acababa de entrar asintió despacio. 
Me dí la vuelta hacia mis compañeros y vi que estaban todos emparejados, el chico se acercó a mí con una gran sonrisa burlona.

-Supongo que nos toca juntos -dijo sin dejar de sonreír. Me fijé en sus ojos, eran verdes, sabía que la voz no me iba a salir, así que asentí intentando sonreír- ¿Cómo te llamas?

-Edith, ¿y tú?

-Yo soy Jorge, encantado -sonreí.

Fingí interés por lo que el profesor decía, mirando por el rabillo del ojo cada gesto que Jorge hacía, pensando en su mirada, la sonrisa... Él me distrajo de mis pensamientos. 

-¿Está ahí alguien? -Inquirió con tono de burla.

-¿Ahí dónde? -dije molesta.

-En tu cabeza, ¿has escuchado lo que ha dicho el profesor?

-Emm... sí.

-¿Y bien? -Arqueó una ceja.

-Repite... -dije con las mejillas rojas. Una pícara sonrisa se dibujó en sus labios.

-Ha dicho que va a poner una canción y que tenemos que confiar en la pareja, dejarnos llevar por la música. Va a hacer una evaluación.

"Genial" pensé. La música comenzó a sonar, era una melodía lenta, me dejé llevar. Jorge parecía adivinar todos los movimientos que iba a hacer y encajábamos a la perfección, éramos uno. En un momento de la canción dí una vuelta y el me cogió, apenas separábamos nuestros cuerpos. Me alejé de él lentamente, al compás de la música, él cogió mi mano y me hizo girar. Levanté una pierna e hice un bucle con el cuerpo. Todos los de la sala nos miraban. Unos aplaudían contentos, otros simplemente, nos miraban con curiosidad. El profesor se acercó a nosotros, aplaudiendo.

-¡Brillante! -dijo sonriente, no podía asimilar lo que hace unos segundos había sucedido".

Jorge y yo estamos sentados en un banco, el come gominolas y yo tengo los cascos enchufados al I-Pod y escucho música, uno en mi oído y el otro reposa sobre mi hombro. Voy a cambiar de canción cuando una en especial me hace sonreír.

-¿Qué pasa? -dice Jorge intrigado.

-Ponte el otro casco, he encontrado algo que te va a gustar -me hace caso y le doy al play,
instantáneamente el sonríe.


-Nuestra canción, la que bailamos aquél día...

-Así es -Se acerca para besarme y mientras lo hace, recuerdo aquel baile paso a paso,con nuestra canción de fondo. Como si volviera a revivir aquél momento.

 MARINA 

La siniestra melodía






Aquella extraña melodía la perseguía desde hacía semanas, pero no podía recordar cuántas. Era un conjunto de notas musicales siniestras, suaves e irreconocibles que le helaba la sangre cada vez que llegaba a sus oídos. 
La primera vez que la había escuchado, estaba tocando el piano. Aquella corta melodía resonó en toda la estancia en la que se encontraba. Con tan sólo unas notas, aquella música consiguió mantenerla en vela durante toda la noche y que al día siguiente estuviera más nerviosa de lo que era habitual en ella. Conforme pasaban las semanas, su insomnio y malestar comenzaban a ser casi insoportables.
El día en que todo terminó fue el uno de octubre, fue un año que recuerdo nítidamente. 

Mónica recorría el aparcamiento de la facultad hacia su coche después de tres horas de clase. Divisó su coche casi de milagro entre la densa niebla que se cernía ahora sobre el aparcamiento. Subió a él y puso la llave en el contacto. La radio se encendió en cuanto hubo corriente en el coche. 
Mónica condujo con precaución hacia su casa mientras cantaba al son de la radio. Una vez hubo acabado la canción, un extraño sonido inundó el coche. La joven miró extrañada la radio, temiendo que no hubiese señal ya que una tormenta parecía avecinarse. La cúpula celeste estaba teñida del gris de las nubes que la surcaban, y un gélido viento envolvía la ciudad que se alzaba al lado de las montañas. 
El extraño sonido se convirtió paulatinamente en la siniestra melodía que Mónica oía por todas partes desde que la escuchó en el estudio de música. La joven paró el coche bruscamente en medio de la carretera y miró aterrada la radio, apagó el aparato inmediatamente. Tragó saliva con fuerza y volvió a ponerse en marcha, pero se detuvo de nuevo inesperadamente.
En medio de la calzada, frente a su coche, había un hombre. Vestía una capa hecha jirones con capucha, que le ocultaba la mayor parte del rostro. La joven abrió mucho los ojos y bajó del coche, indecisa. Su cuerpo temblaba a causa del frío ambiente que había en el exterior, una leve llovizna comenzó a caer de las nubes grisáceas. 
Avanzó lentamente hacia el hombre, que permanecía inmóvil en medio de la calzada, cuando estuvo a escasos metros de él, pudo ver su boca. La joven se detuvo y frunció el ceño. La boca del hombre estaba pálida, casi gris, y estaba cosida con cordones negros. Los labios estaban teñidos de sangre. Mónica separó los labios para preguntarle al hombre si necesitaba ayuda, pero de repente, la radio de su coche se encendió misteriosamente y emitió a todo volumen la siniestra sucesión de notas que ella comenzaba a temer. Se dio la vuelta lentamente hacia el coche, con el corazón en un puño. De súbito, los brazos del hombre la agarraron con fuerza y le clavaron las uñas hasta casi hacerle sangre. Mónica gritó con todas sus fuerzas, pero sabía que era inútil, aquella era una calle desierta por la que pocos vehículos circulaban. El hombre le puso una bolsa teñida de negro en la cabeza y la arrastró hacia uno de los laterales de la carretera. 
Poco a poco, mientras el hombre seguía arrastrándola, Mónica dejó de resistirse. Sentía que su cuerpo dejaba de responder sus órdenes y se guiaba por el hombre que la retenía. La cabeza le daba vueltas y había perdido totalmente la noción del espacio, por lo que no sabía dónde estaba. Minutos después, el hombre se paró y le quitó la bolsa de la cabeza.
Lo primero de lo que la joven fue consciente, fue de que se encontraba frente a un empinado barranco de más de cien metros de caída libre. La flora del barranco era densa y extremadamente verde, Mónica sintió ganas de llegar hasta ella. Miró al hombre, que se mantenía a unos metros de distancia, observándola. La joven cerró los ojos, separó los labios y comenzó a cantar. La melodía brotó de sus labios fluidamente, como si llevase cantándola durante toda su vida. 
El sonido se extinguió lentamente segundos después, sintió que sus labios se cerraban dolorosamente y que la piel se le perforaba, pero nadie la tocaba. No se resistió en ningún momento. 
Cuando dejó de sentir el insoportable dolor en sus labios, abrió los ojos lentamente, en su mente se formaba una única idea. Tan clara y precisa que sabía perfectamente qué movimiento tenía que hacer en cada momento, algo la guiaba y controlaba. Algo que no podía entender o intuir, pero que debía obedecer. Tenía una misión.



SARA